Sola

Sola

Las imágenes vuelan desordenadas en mi cabeza, difusas e incongruentes ¿Realmente sucedió?¿Cómo pudo ocurrir?

Recuerdo que estaba recogiendo la cocina, parecía como si un huracán hubiese pasado por allí, varios platos rotos, sartenes tiradas, cubiertos esparcidos por todas partes. Iba poco a poco colocando cada cosa en su lugar mientras intentaba dejar la mente en blanco para poder contener las lágrimas.

Hacía escasos minutos, Manuel había llegado a casa y se había tirado en su sillón andrajoso esperando la cena, dejé el plato sobre la mesita auxiliar y volví a la cocina. El estruendo del plato rompiendo contra el suelo me sobresaltó, oí sus gritos escupiendo sus palabras ponzoñosas que hacían que mi corazón se encogiese, de nuevo el miedo se apoderó de mí poniendo mi cuerpo en tensión, no quería moverme por si empeoraba aun más la situación.

– ¡Maldita seas Lucía!¿Qué pasa no me estas oyendo? – Gritaba con todas sus fuerzas, no contesté, estaba asustada, aunque sabía que hiciese lo que hiciese tendría represalias.

Salió disparado hacia la cocina, no era mucho más alto que yo, pero aun así me cogió por el cuello y pudo elevarme del suelo.

– Ya estoy harto de ti, estoy cansado de tener que decirte siempre lo mismo, ¿estás loca?¿quieres destrozarme el estómago con tu mierda verdad? – la saliva de sus gritos salpicaba mi cara – Llego cansado de trabajar y solo se te ocurre ponerme una miserable sopa que ni siquiera te has molestado en calentar.

– Lo siento Manuel, de verdad perdóname por favor – sollocé – Te juro que la he calentado.

– Lo único que vas a sentir va a ser la ostia que te voy a dar como no me des un plato caliente en dos minutos.

Me soltó dejándome caer al suelo y enfurecido comenzó a tirar todo lo que encontró a su paso de camino al salón.

La cacerola me indicó que la cena ya estaba lista, el agua salió hirviendo levantando la tapadera y derramándose cual volcán, ensuciando la vitrocerámica.

Dejé lo que estaba haciendo y llené un plato con aquel mejunje ardiente, sentí su calor quemando mis dedos.

Cuando salí de la cocina le vi sentado en el sillón, se había quedado dormido viendo una de esas películas de indios y vaqueros que tanto le gustaban y que yo odiaba. Tenía una cerveza en la mano y se le había inclinado ligeramente hacia un lado, derramándose sobre la alfombra, recuerdo que pensé que debia limpiarla antes de que muriese de un coma etilico.

No se cuanto tiempo estuve observándole, allí sin hacer nada, apoyada en el quicio de la puerta, sólamente sujetando aquel maldito plato de sopa.

Un pensamiento fugaz pasó por mi mente, dejando un rastro de rabia contenida que hizo parada y fonda en lo mas hondo de mi corazón, trayendo consigo recuerdos que golpeaban una y otra vez mi maltrecha alma: gritos desesperados clamando que se detuviese, golpes, insultos, vejaciones, sangre. Se me erizó la piel al darme cuenta que era yo la gritaba, que era yo la que imploraba, que era yo la que sangraba.

Un sudor frío recorría mi cuerpo vacío, la ira hizo tensar mis músculos, acelerando mi respiración ahogada que hacía latir a mi corazón tan deprisa, que mi sentido comenzó a nublarse hasta el punto de sentirme mareada, no recuerdo bien lo que sucedió después.

Aprovechando su descanso me abalancé sobre él, el odio quiso que le hiciese daño, tanto daño como me fuese posible, se despertó al contacto hirviente de la sopa en su cara, comencé a golpearle con todas mis fuerzas mientras él intentaba reaccionar y limpiarse los ojos.

Cuando logró ponerse en pie y entender lo que pasaba, me empujó haciéndome caer sobre la mesita de centro, sentía sus puños golpeando mi cuerpo, pero no sentía dolor, no podía llorar ni implorar como lo hacía antes, la rabia me impedía hacerlo, solo buscaba huecos para devolverle los golpes, modos de zafarme y poder defenderme.

Pude ver como elevaba su mano, agarraba un recuerdo de nuestra boda tallado en bronce y ensamblado en una piedra grabada, su objetivo era golpear mi cabeza, de pronto todo se quedó en silencio, sentí el calor espeso de la sangre escurriéndose por mi piel, el horrible adorno cayó desplomándose a escasos centímetros de mi cabeza, Manuel intentaba decir algo incongruente, pero cada vez que articulaba palabra su voz se ahogaba con su propia sangre, el bolígrafo con el que rellenaba sus quinielas, ahora atravesaba su garganta, mi mano seguía pegada a él, agarrotada por la tensión del nerviosismo, él supo lo que iba a hacer en cuanto le miré, no tuvo tiempo a reaccionar, vi como sus ojos se abrían enormes cuando clavé aún más el inesperado arma, y luego lo saqué, dejando que escapase su alma.

Yacía tendido en el suelo, todo había terminado, ya no volvería a hacerme daño, mi cuerpo se desplomó sobre él al perder la tensión acumulada.

Lo siguiente que recuerdo de aquel día es al equipo de urgencias, como en una burbuja, ajena a la escena, vi como su cuerpo salía metido en una bolsa azul, recuerdo policías, enfermeros preguntándome cosas que no entendía, confusión y de nuevo oscuridad.

– ¿Tiene algo más que declarar? – el teclado se detuvo de repente, despertándome de su monótono tecleteo y devolviéndome a la realidad de aquella comisaría.

– Sí – contesté después de una breve pausa – Que le amo.

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comentarios
  1. isabel dice:

    una triste realidad para muchas mujeres.

  2. Vicky dice:

    Me ha gustado mucho este principio, os animo a que sigais con la historia. ¡animo!

  3. Ruth dice:

    ¡Trepidante! Le habéis dado un ritmo a la narración increíble…
    Aquí tenéis la posible serie…este principio de historia da para mucho.

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