Al amanecer

al amanecer

Su mente estaba perdida en un tiempo que para ella parecía muy lejano. Recordaba aquellos campos llenos de verdor y el intenso azul del cielo, ella era una niña por aquel entonces, su padre corría junto a ella sonriendo, se sentía tan feliz en aquellos momentos que disfrutaban juntos, que el recordarlo la llenaba de pena y melancolía, le echaba tanto de menos, ella siempre había sido su niña mimada, la princesita del palacio, se lo daba todo juguetes, vestidos, caballos, sirvientes y sobre todo su amor.

Pero aquella niña llena de amor se había quedado ya muy lejos, solo existía ya en su recuerdo cada vez mas borroso en su mente. Había cambiado, ahora su corazón era oscuro al igual que el desolador paisaje que veía desde su balcón, los campos verdes llenos de flores ahora eran praderas devastadas repletas de soldados que entrenaba para la batalla, el intenso azul del cielo había quedado oculto por oscuras nubes grises que impedían ver el sol, los campesinos y aldeanos circulaban por las calles buscando algo que llevarse a la boca llenos de desesperación y el aire se había tornado irrespirable invadido por un horrible hedor a putrefacción.

El Príncipe Sefirot era el culpable de todo aquello, su ansia de poder lo había llevado a querer dominar todas las tierras, él le había quitado lo único que había querido, él había terminado con la vida de su padre ante sus propios ojos y él era al único que ahora tenía en su mente. Juró detenerle, terminar con su dominio, liberar a los pueblos, traer la paz y sobre todo vengar su muerte. Y para ello debía convertirse en una mujer temible, sin sentimientos, sin remordimientos, no podía permitirse el lujo de parecer débil.

Tres golpes secos la devolvieron a la realidad, la puerta de su alcoba se abrió sin esperar respuesta, el General Auron entró y se apoyó en el suelo sobre una rodilla a la vez que inclinaba la cabeza en señal de reverencia.

– ¿Lady Rydia?

Ella sigio mirando el paisaje de espaldas a él, vestía un hermoso traje negro de cola larga, su hermosa melena de ébano se movía al compas del aire que entraba por las ventanas. Deseaba mirarla, era tan hermosa, pero no podía cometer semejante osadía era su reina y el simplemente era un peón más en su juego de venganza.

– Levántate. – Ordenó sin tan siquiera moverse un ápice de su sitio, ni siquiera le miró, su tono era frio y autoritario. Así debía de ser si quería ser respetada.

El General se levantó y se puso a su lado mirando en la misma dirección, parecía cansado y abatido por tanta desolación. El campo de batalla era duro, era un gran soldado, luchaba por su reina y daría la vida por ella, pero no conseguía comprender por qué debía terminar con la vida de tantos para salvar las de otros.

– Espero que traigas buenas noticias Auron, de lo contrario puedes irte.

– Si mi señora, parece que el final de la batalla se acerca, hemos conseguido conquistar la última de las tierras del Príncipe Sefirot como usted ordenó. También tenemos asediado su castillo, estamos listos para atacar cuando su alteza estime oportuno.

– Bien será pasado mañana al caer el sol, partiremos al alba para estar allí cuanto antes.

– Mi señora el enemigo es peligroso, no creo que sea conveniente que usted…

Se giró bruscamente con la mirada llena de furia antes de que él pudiera terminar y se puso frente a él.

– No deberías osar dar consejos a tu reina, maldito estúpido. No he pasado por todo esto para acobardarme ahora, juré matarle y lo haré. Será el filo de la espada de mi padre el que lo mate y solo yo la empuñaré.

Cuando terminó fijó su mirada en él, nunca se había fijado en sus ojos, se quedó paralizada, eran tan hermosos, del mismo azul intenso de aquel cielo que añoraba, por un momento volvió a sentir aquella sensación de paz y felicidad que la invadía de niña.

El bajó la mirada avergonzado por su osadía, se giró y tomó dirección a la puerta.

– Ruego me disculpeis, mi señora. Preparé nuestra marcha, nos iremos al alba como ordenó.

Ya tenía el pomo de la puerta en su mano.

– ¡Auron!

Se dio la vuelta a la orden de su reina.

– ¿Si, mi señora?

Se desabrochó el vestido y dejó que se deslizase por sus hombros hasta caer en el suelo dejando ver su hermoso cuerpo totalmente desnudo.

Se acercó silenciosa, acaricio su cara y la levantó buscando volver a ver sus ojos, luego le besó suavemente los labios. El estaba tenso, nervioso, sorprendido, tragó saliva.

– Mi señora, yo …

– Shhhhhh

Colocó su dedo índice sobre su boca y descendió suavemente acariciando su piel hasta llegar a su cuello, soltó el cordón de su capa con mucha delicadeza y le desabrochó la chaqueta dejándola caer.

Luego volvió a mirarle a los ojos, pero de una forma distinta, ahora era un deseo irrefrenable por tenerlo dentro el que la invadía, en su rostro se dibujó una sonrisa de malicia y picardía, sabía que tenía el control absoluto sobre él, al igual que lo tenía sobre todo cuanto la rodeaba. El siguiente paso fue abrir su camisa arrancando de cuajo los botones, su torso quedó desnudo mostrando las cicatrices de las batallas, eso la excitaba mucho, besó su torso suavemente sin dejar lugar que no fuese besado, el general cerró los ojos dejándose seducir por su reina, disfrutando de sus besos.

No pudo más la cogió entre sus fuertes brazos y la acostó sobre la inmensa cama que había en medio de la habitación. Arrancó lo que le quedaba de camisa y la lanzó lejos, se tumbó sobre ella impidiendo que pudiese moverse, quería amarla y poseerla con fiereza igual que ella le había tratado siempre. La besó en el cuello y fue bajando lentamente entre sus pechos, se detuvo un tiempo para a acariciarlos, para besarlos, para lamerlos y siguió bajando poco a poco acariciando su piel, sintiendo como se excitaba más por momentos. Llegó a su sexo cálido y húmedo, hundió en él su cabeza haciéndola estremecerse y retorcerse de placer, jugó con su lengua bebiendo del jugo que le ofrecía su reina. Volvió a subir, esta vez sin detenerse y se colocó sobre ella fundiéndose ambos en uno solo, acompañados de un movimiento acompasado y salvaje.

Ella arañó su espalda haciéndole gritar de placer y le obligó a darse la vuelta, ahora era ella quien mandaba. Se sentó sobre el sexo del general y comenzó a moverse despacio subiendo poco a poco la intensidad hasta llegar a la excitación suprema, se dejó caer sobre su pecho y se quedó abrazada a él con fuerza, le gustaba sentir el contacto de su piel cálida, se durmió así sobre él, acariciandole, dibujando con sus dedos las cicatrices que ella le había causado.

Él apartó su pelo con una caricia y le besó suavemente la frente.

– Mi Señora, debemos partir, los soldados nos esperan.

Abrió los ojos y miró los ventanales, el amanecer había llegado y con él el inicio del final.

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comentarios
  1. Martha Chavez dice:

    que siga el relato

  2. Pili Perez dice:

    ola guapetona, mas vale tarde que nunca, por fin te he leido tus relatos, me han gustado mas los dos primeros, bueno haber si nos siges contando como sigue la historia

  3. Noëlle García dice:

    And to be continued …. Please!! Qué continúe, por favor!!!

  4. Vicky dice:

    Me ha gustado mucho. Queremos mas¡¡¡¡

  5. cris dice:

    Muy bueno pero nos quedas con ganas de mas

  6. almudena dice:

    Muy bueno me ha gustado mucho
    Con ganas del siguiente

  7. ñeca dice:

    Q subidon xdios!!!!!
    Q ganas de masssssssss!!!!!
    Genial chicas

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