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Capítulo 1

Publicado: 14/11/2013 en Fantastico

zorcok1

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Recuerdo el aire denso e irrespirable penetrando en mis pulmones. El polvo, levantado por las gentes que huían, se mezclaba con el olor de su sangre y el calor del fuego que envolvía sus hogares. Cada bocanada que inhalaba podía masticarse, entraba ardiente, ahogándome, secando mi garganta y dejando en mi boca ese sabor ferroso de la batalla.

Me encontraba inerte, de pie ante aquello que acontecía, todo a mí alrededor se había ralentizado, podía oír el eco de los gritos desesperados, los llantos impotentes clamando a un dios que no llegaba. Cerré fuerte mis ojos con la única intención de que al abrirlos, aquella pesadilla desapareciese, pero aquel horror seguía allí, empañado por mis lágrimas.

Los jinetes recorrían las calles arrebatando la vida a cuantos encontraban a su paso, quemando las casas de aquellos que osaban esconderse en ellas, hasta los soldados más fuertes perecían ante ellos, aquellas horribles bestias eran invencibles.

Miraba de un lado a otro sin ver, aterrorizada e incrédula, solo veía bultos que corrían, caían y se levantaban. Todo era caos y destrucción, un sin sentido que invadía mi mente paralizándome, bloqueando mis emociones, como si no existiese, como si no estuviese allí.

¡TINKAAAAAAAAAAA!

Volví a la realidad sobresaltada por aquella voz, entonces el tiempo volvió a pasar rápido. Mi padre gritaba mi nombre mientras corría hacia mí con sus brazos abiertos para protegerme. Mi corazón temeroso, por fin volvió a responder esperanzado cuando le vi, no podía pasarme nada malo si él estaba allí.

Salí rauda a su encuentro, a refugiarme en esa seguridad que me brindaba su abrazo, deseando que me rescatase de aquel infierno. Pero el sueño se volvió a tornar pesadilla, algo iba mal, de pronto el tiempo volvió a ralentizarse.

Él se detuvo en seco, sus ojos se clavaron en los míos, abiertos de par en par, fijos, sin pestañear, no sabía que estaba pasando pero el miedo se apoderó de mí sin dejarme respirar, él tampoco lo hacía, solo estaba estático, mirándome. Bajé mi vista despacio hasta alcanzar su pecho, unas enormes garras afiladas emergían de él, dejando que la sangre escapase irremediablemente de su cuerpo al suelo polvoriento. Volví a sus ojos, incrédula, aterrada, vi como tragaba saliva y sus labios se movieron silenciosos para mí: Te quiero. En ese preciso instante la bestia sacó su garra liberando su cuerpo, que cayó estrepitoso al suelo, pude ver como se reía orgulloso, nunca olvidaré su rostro, se había quedado grabado a fuego en mi mente.

Había oído hablar de ellos antes, pero todos en el poblado creíamos que eran una leyenda, bestias nacidas en las entrañas de la tierra, engendrados por el mismísimo señor de las tinieblas, creados para sembrar la destrucción con la semilla de nuestra sangre.

Eran unos seres grandes, de cuerpos robustos y peludos, cuyas armas eran sus poderosas garras, capaces de atravesar y desgarrar un cuerpo sin apenas esfuerzo. Sus rostros, recubiertos de vello oscuro, destacaban por sus prominentes dientes afilados que emergían de sus bocas putrefactas. Dos ojos ovalados y negros como la noche, se imponían enormes, sobre aquella pequeña nariz simiesca que se dibujaba en la mitad de su cara. De entre sus largas melenas trenzadas, asomaban unas orejas estrechas y alargadas que terminaban en punta. Sin duda eran ellos, la raza maldita, la raza de los Lork.

Cuando la bestia se alejó, corrí hacia el cuerpo mancillado de mi padre e intenté tapar su herida con mis pequeñas manos en un acto de desesperación, le gritaba que no me dejase, que no se fuese abandonándome en aquel horror, levantó su mano lentamente y cogió la mía, le observé de nuevo, su mirada era tierna, llena de amor y de orgullo, no me dijo nada, solo me sonrió y sus ojos me dejaron ver como se escapaba su alma.

Me abalancé sobre su pecho, abrazándole desconsolada, deseando que mi amor le hiciera volver, pero era inútil, no podía quedarme allí, ya había tentado demasiado a la suerte, debía huir si quería sobrevivir, mi padre había muerto para protegerme, no podía dejar que muriese en balde. Ahora debía encontrar a mi madre, tenía que dar con ella y juntas nos esconderíamos para escapar de allí.

Mi pequeño cuerpo se escurría entre las gentes, el humo era cada vez más denso, no podía distinguir a nadie, el aire caliente ahogaba cada vez más mis pulmones. No podía encontrarla, el miedo volvió a apoderarse de mí, esta vez de un modo alarmante, comencé a temblar, mi visión se hacía más borrosa, empecé a sentirme mareada y mi estómago cada vez se revolucionaba más.

Tambaleándome y como pude, logré llegar a la periferia del pueblo. Caí agotada en cuanto el aire se hizo un poco más puro, estuve un rato tosiendo hasta que mi respiración se volvió a recuperar. Fue entonces cuando lo vi, ante mis ojos se presentaba imponente nuestro denso bosque, era un lugar inhóspito lleno de poderosos árboles oscuros que dominaban la vista y se mostraban desafiantes bajo la luz del atardecer. El reflejo de las llamas de mi pueblo dejaba entrever la maleza que se entremezclaba con la raíces convirtiéndolo en un lugar infranqueable, pero yo era pequeña y menuda, no era la primera vez que me escondía allí con mis amigos, cuando las tareas no me eran gratas o quería librarme de algún castigo.

Corrí hacia aquel lugar de salvación y me colé entre la maleza, enseguida encontré nuestro árbol, era diferente al resto, tenía un aura especial a los demás, era más pequeño que los otros y más robusto, de madera clara y ramaje espeso, en su base las raíces emergían del suelo entrelazándose entre ellas y formando una pequeña cueva donde solíamos refugiarnos. Me ovillé allí, abrazando mis piernas y en cuanto me sentí segura, el cansancio se adueñó de mí y me dormí.

Me desperté entrada la noche, los gritos habían cesado dando lugar a un silencio sepulcral, estuve un rato alerta hasta que me hube asegurado de que ningún peligro acechaba, me levanté despacio procurando no hacer ruido, debía volver a mi pueblo y comprobar si había quedado alguien con vida.

A través de la espesura, podía ver brillar el fuego que consumía lo poco que quedaba de mi aldea.

Aparté despacio y llena de temor el telón de hiedra que me separaba de la escena. Ante mis ojos se mostró una imagen que se quedó fija para siempre en mi memoria, el impacto de la visión hizo que mi corazón se detuviese y una angustia implacable se apoderó de mis pulmones, apretándolos tanto, que no me dejaba respirar. Caí de rodillas al suelo desolada, sin poder apartar mí vista de aquel horror, poco a poco la imagen se fue difuminando por mis lágrimas, que caían pesadas sobre la tierra húmeda por la sangre de mi pueblo.

Cuando el dolor de mi alma me lo permitió, me levanté de nuevo, debía encontrar a mi madre, sequé mis ojos con las manos y emprendí el camino, temerosa por lo que iba a encontrarme.

Mientras caminaba entre los cuerpos de mis amigos, mi cabeza iba intentando comprender aquel horror, no entendía que habíamos hecho para merecer semejante embestida, siempre habíamos sido un pueblo honrado y trabajador, nunca habíamos hecho mal a nadie.

Las alimañas carroñeras ya comenzaban a atacar los cuerpos sin vida, aquellos horribles seres alargados y peludos, mostraban sus dientes afilados, dejándome ver como la sangre escurría por su hocico. Sus ojos rojos reflejaban el color del fuego mientras me miraban pasar, deteniéndose en su festín. Caminaban rápido a pesar del pequeño tamaño de sus patas, el olor de la sangre les volvía tan locos, que corrían de un lado a otro colándose entre mis piernas, sin temor a ningún daño.

Lo vi en la lejanía, vi como aquellos seres arremetían contra el cuerpo de mi padre devorando su carne. La rabia me invadió, no podía permitir aquello. Cogí un madero en llamas que brillaba junto a mí y corrí frente ellos gritando. Primero le di a uno, luego a otro y el resto dejó de comer y se quedaron mirándome fijamente, cerré los ojos para concentrarme solamente en mi rabia y comencé a golpear a uno y otro lado, zarandeando mi arma sin descanso hasta que c0aí sobre él, el llanto y la angustia me atacaron de nuevo, comencé a zarandearlo tan fuerte como mi pequeño cuerpo me permitió, intentando desesperada que me respondiese, deseando que el aliento de vida volviese a él. Pero solo logré agotarme, no podía más, no me quedaban fuerzas ni ganas para seguir luchando.

Todo cuanto tenía se había desvanecido. Acaricié su rostro mientras mis lágrimas caían sobre él, mi mano descendió por su cuello ya frio, y llegó a su pecho, donde reposaba el símbolo de nuestro pueblo, un colgante de plata en forma de media luna, engarzado en una pieza circular de azabache con gotas plateadas que representaban las estrellas. Siempre lo llevaba puesto, le marcaba como jefe de nuestro pueblo, había pasado de generación en generación desde tiempos inmemoriales.

Lo desabroché despacio, absorta por su belleza y lo colgué de mi cuello. Por un momento, me pareció que brillaba, como si una luz dorada emanase de él y entrase por mis poros, iluminando cada célula de mi cuerpo. Me quedé allí ensimismada, como si me hubiese trasladado a otro mundo, a otra dimensión donde no existía más que aquella energía que se entremezclaba con la mía, purificándola, sanándola y llenándola de paz, un mundo en el que no existía el dolor, ni el tiempo, ni el espacio. Me alivié pensando, que sería el lugar donde ahora debía habitar mi padre.

Un chillido agudo me devolvió a la realidad, levanté la vista y vi como aquellas alimañas volvían a roer su carne, mi adrenalina explosionó haciendo brotar mi rabia, inundando cada músculo de mi cuerpo mientras se tensaba. Apreté fuerte mi mandíbula y luego grité con toda mi fuerza para liberar la furia que oprimía mi pecho, solté mis puños apretados, cogí de nuevo el madero que reposaba a mi lado, y arremetí contra ellos golpeándoles con todas mis fuerzas, una y otra vez hasta que la sangre empezó a brotarde sus pequeños cuerpos, estaba como poseída por una rabia devastadora que corría por mis venas y me llenaba de un deseo incontrolable por destrozarlos. Esta vez no cerré los ojos,

Debía sacarle de allí, tiré de sus ropas una y otra vez, en un intento desesperado por arrastrar su cuerpo, un grito rompía el silencio con cada tirón, tomaba aire para coger fuerzas y volvía de nuevo a intentarlo. Había conseguido moverlo apenas unos centímetros, cuando su camisa se desgarró y me hizo caer de espaldas al suelo, me quedé sentada, sin fuerzas, la respiración se agitaba en mi pecho intentando recuperar el oxígeno, sentí como me ardían las manos, casi no podía mover mis dedos por el esfuerzo, me dolían al tocarlos y sangraba por alguno de ellos. Estaba extasiada, no podía arrastrarlo, era imposible llevarlo a algún lugar seguro, debía pensar.

Me quedé mirando alrededor por si algo me diese una pista que me ayudase. Recordé hacia escasos meses, cuando todo el poblado despedimos a Irón, el más anciano de la aldea. Me levanté de un salto, tan rápido como pude y comencé a recopilar maderas, hierba, hojas y todo aquello que encontré que ardiese con el fuego, lo apilé todo sobre mi padre teniendo cuidado de no dejar un solo recoveco. Encendí la antorcha que previamente había preparado, y poco a poco fui encendiendo las hierbas.

Por unos segundos, me paré a observar como ardía la pila, el calor que desprendía abrasaba mi rostro, miré hacia la intensa luna que brillaba sobre nosotros, y le pedí que le cuidase allá a donde fuese. No podía perder más tiempo, debía seguir buscando a mi madre y encontrar un lugar seguro para pasar la noche. El lugar por el que debía comenzar estaba claro, mi casa.

Corrí tan rápido como me permitían mis fuerzas por las calles de la aldea, la puerta estaba rota, entré sigilosa por lo que pudiese encontrarme dentro. Revisé despacio toda la casa, la cocina, los armarios, el almacén, su habitación, todos y cada uno de los recovecos donde pudiese estar escondida, pero solamente estaban los recuerdos, nada quedaba ya de la vida de mis padres, ni su amor, ni su alegría, ni su felicidad, nada, solo el vacio.

Ya no podía más, estaba completamente agotada, caminé despacio a mi habitación, ya no me salían ni las lágrimas, estaba vacía, se había ido el dolor, el miedo, la pena, todos y cada uno de mis sentimientos se habían quedado perdidos en algún rincón de mi mente. Dejé caer mi cuerpo sobre la cama, me tumbé y cerré mis ojos rindiéndome.”

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NUEVO RELATO

Publicado: 20/10/2013 en Fantastico

Más vale tarde que nunca, por fin traemos otro pequeño relato, este es un poquito especial porque está dedicado a una gran amiga a la que considero una segunda madre, un beso muy grande para ella, gracías por lo que haces por todos nosotros y gracías por deleitarnos con ese talento artesano.

Screenshot

NUEVO RELATO

Publicado: 03/10/2013 en Fantastico

Ya teneis a vuestra disposición un nuevo relato, es uno de los primeros que hemos escritos y seguramente tenga muchos errores y cosas que pulir, pero esperamos que os guste y agradeceriamos vuestros comentarios para seguir mejorando.

La niña de mis ojos