Entre el polvo

Publicado: 24/11/2013 en Drama

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Alejandro era un hombre de cuarenta y tantos, su pelo moreno comenzaba a ser invadido por las temidas entradas que siempre había temido heredar de su padre, destacaban en él sus grandes ojos negros y penetrantes, siempre con aquel brillo que le caracterizaba, aunque lo que más le favorecía, sin duda, era aquella barba descuidada que hacia meses que  se había dejado, cuando la camarera de aquel bar le dijo que le hacia parecer “interesante”.

Aquel día estaba pletórico, hacia varios días se había reencontrado con Luisa en unos grandes almacenes, ella había sido su primer amor y sin duda nunca había vuelto a sentir por otra mujer lo que ella le hizo sentir. Después de muchos cafés charlando de su vida, por fin había decidido a pedirle una cita, aquella noche debía ser perfecta.

Se levantó temprano, había mucho que hacer, la mañana la perdería comprando: ropa nueva, los ingredientes más frescos, una buena decoración y algún detalle para regalarle que no fuera demasiado ostentoso, pero que estuviese a la altura de la ocasión.

Compró un traje gris marengo y se atrevió con una corbata de colores naranjas a juego con la camisa, no estaba acostumbrado a verse tan colorido, pero se veía guapo a la par que elegante y le hizo sentirse cómodo. Siguió sus compras por el mercado, tenia muy claro el menú, un cóctel de marisco como entrada, seguido de unas deliciosas brochetas de pollo a la miel, acompañado con un buen vino espumoso y rematado con una deliciosa fondue de chocolate como postre, para ello necesitaba los mejores materiales y no quiso escatimar en gasto para encontrar los mejores productos. La última parada, después de haber pasado por la peluquería, fue la joyería de su barrio, donde le envolvieron para regalo una preciosa pulsera que le enamoró nada más entrar.

Un nudo en el estomago le recordó que era la hora de comer, había conseguido comprar todo lo necesario, aunque estaba un poco cansado de correr toda la mañana de un lado a otro y aun le quedaba toda la tarde para decorar la mesa, cocinar y ducharse antes de ponerse su ropa nueva.

Subió al ascensor para subir a la sexta planta donde se encontraba su apartamento, piso a piso iba ultimando los detalles en su mente, estaba nervioso y deseoso de que llegase el momento, su cabeza explotaría en cualquier momento si seguía pensando en la perfección de su celebración.

Fue el primero en verlo, nada más se abrieron las puertas un manto de polvo cayo del techo del descansillo, seguido de un ruido atronador que trajo consigo el derrumbe de los pisos superiores, el ascensor se soltó haciéndole caer varios metros dentro de aquella trampa que lo dejó atrapado bajó los escombros.

Todo había sucedido en escasos segundos, pero en su mente parecieron largos minutos en los que el resumen de su vida, paso ante sus ojos como si fuese el trailer de una película: el calor del regazo de su madre, sus primeros pasos, los juegos de recreo, su primer beso, su primer amor…

Estaba oscuro y no podía respirar, el polvo se apelmazaba en su garganta impidiendo el paso del aire y ahogando sus pulmones, tosió una y otra vez en un intento desesperado por recuperar el aliento, con cada convulsión podía sentir el dolor en cada parte de su cuerpo magullado y con cada sensación de dolor, una lagrima caía dibujando un surco en la suciedad de su cara.

Cuando recupero el hálito pudo relajarse, debía mantener la calma y respirar despacio, si no quería quedarse sin el poco oxigeno que quedaba, era difícil conservarse sereno entre el polvo y el calor que hacia en aquel agujero, pero se auto convenció de que pronto alguien le sacaría de allí.

Dio gracias por haberse encontrado en el ascensor cuando sucedió todo, la cabina había amortiguado el golpe y le había protegido de los escombros, creando una pequeña burbuja a su alrededor.

Intento moverse para comprobar su estado, sentía dolor pero no sabia hasta que punto estaba herido, llevo sus manos a la cabeza, su piel se empapó de un fluido espeso y calido que bajaba por su cuello, le puso un poco nervioso pensar que estaba sangrando por una zona tan delicada, tubo que volver a esforzarse por relajar su respiración, de pronto recordó su compra matutina, palpo la oscuridad que le rodeaba y dio con lo que buscaba, tiró de la manga de la camisa que había comprado aquella mañana y como pudo envolvió con ella su cabeza. Descendió palpando su torso y sus brazos, un dolor punzante en varios puntos de su pecho le hizo intuir alguna costilla rota o fisurada pero ninguna herida que pudiese preocuparle, hizo intento vano de incorporarse para comprobar sus piernas pero el dolor le impidió moverse más, un quejido hizo eco en aquella cueva de escombros, de su garganta había salido un grito desgarrado cuando intentó tirar de su pierna derecha, los hierros doblados del ascensor se habían clavado en ella atrapándola y atravesando su hueso, lloró desesperado intentando que el intenso dolor se desvaneciese con los gritos de su garganta y las lagrimas de sus ojos, respiró de nuevo hiperventilando, sin moverse más que lo necesario para bombear sus pulmones, cuando logró calmar el dolor, rescato la corbata naranja de la bolsa y como pudo la ató con fuerza lo más cerca que alcanzo de su herida.

Cerró los ojos, se recostó y se concentro en el silencio para silenciar así también su cuerpo, su mente comenzó a recrear la velada que ha esas horas debía estar preparando para Luisa, por un momento olvidó donde se encontraba y su alma somnolienta voló para vivir aquella escena.

Ella estaba realmente hermosa a la luz de aquellas velas que decoraban la mesa, el fuego de la chimenea abrigaba la sala, envolviéndola con su tierno calor, ella sonreía y reía con las anécdotas de la infancia, hubo un momento de silencio en el que sus almas se miraron a través de sus ojos y sus labios se fusionaron en un beso lleno de pasión.

Le despertó de su ensoñación unas voces que se oían lejanas, intentó concentrarse en ellas para distinguir si era la ayuda que esperaba, pero su cabeza no le dejaba, sintió palpitar en ella un dolor que le mareaba por el esfuerzo.

Con las pocas fuerzas que le restaban, gritó cuanto pudo hasta que su voz se quebró entre los escombros.

Comenzó a sentir frío, logró rescatar también la chaqueta marengo y se la puso por encima, pero fue inútil el frío estaba muy adentro y con cada segundo que pasaba, el frío se metía más en él, hasta el punto de hacerle temblar.

Ya no podía más, se sentía cada vez más mareado, luchaba por no dormirse, su cuerpo convulsionaba y sentía una intensa sed que le impedía tragar. Peleó con su dolorida cabeza por recuperar el sueño de aquella cita, quería distraerse de aquellos pensamientos que, después de tantas horas, ya comenzaban a bombardearle con terror.

Se preguntó porque el destino se la jugaba de aquel modo, le daba la oportunidad de volver a amar, de volver a disfrutar de la vida y ser feliz y a las puertas de su nuevo camino, el cielo se cae sobre él cortándole la entrada de la peor manera.

Tubo que taparse los ojos, un hilo de luz entró de pronto deslumbrándole, y una bocanada de aire fresco, contaminó sus pulmones haciéndole toser de nuevo.

– ¡Aquí, tenemos otro, está vivo.! – la voz de la esperanza gritaba.

Estaba abrumado, en escasos segundos, su burbuja de silencio y oscuridad, se había convertido en un caos de luz cegadora y atronador ruido de voces y maquinas trabajando, miraba a todos lados, los bomberos y los sanitarios corrían a su alrededor, alguien le puso una mascarilla de oxigeno que parecía ahogarle hasta que se acostumbro, no conseguía enfocar a nadie, todo era un vaivén de sombras entre la espesa niebla que provocaba su mareo.

– Tranquilo amigo, ya ha pasado todo. – Una voz consoladora le alivió mientras su maltrecho cuerpo  se posaba sobre la dura camilla.

Una sonrisa de paz se dibujó en su cara, dejó que su cuerpo se relajase por fin, ya no había de que preocuparse, le habían rescatado justo a tiempo, podría volver a ver a su amada, cerró sus ojos, respiró hondo y su alma se liberó con la exhalación.

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